martes, 12 de marzo de 2013

 

EL GATO NEGRO



No espero ni solicito crédito para el salvaje aunque simple

relato que me dispongo a escribir. Estaría verdaderamente loco

si lo esperara, cuando mis propios sentidos rechazan su evidencia.

Sin embargo, loco no estoy, y, muy ciertamente, no

estoy soñando. Pero mañana puedo morir y hoy quisiera

descomprimir mi alma. Mi propósito inmediato es mostrar ante

el mundo, llana, sucintamente y sin comentarios, una serie de

simples eventos hogareños. En sus consecuencias, estos eventos

me han aterrorizado, me han torturado, me han destrozado.

Sin embargo, no trataré de explicarlos. Si para mí han sido

horribles; a otros les parecerán menos terribles que barrocos.

En el futuro, quizás, podrá hallarse alguna mente que reduzca

mi fantasma a lugares comunes; alguna mente más calma, más

lógica y bastante menos excitable que la mía, que percibirá en

las circunstancias que yo detallo con pavor, nada más que una

sucesión ordinaria de causas y efectos muy naturales.

Desde mi infancia, me destaqué por la docilidad y humanidad

de carácter. La ternura de mi corazón era tan ilustre que llegó a

convertirme en objeto de burla de mis compañeros. Yo era especialmente

aficionado a los animales, y mis padres me permitían

tener una gran variedad de mascotas. Con ellas yo pasaba la mayor
 




 

parte de mi tiempo, y nunca era tan feliz como cuando las

alimentaba y acariciaba. Esta particularidad de carácter creció con

mi desarrollo, y, en mi adultez, yo obtenía de eso, una de mis

principales fuentes de placer. A quienes han disfrutado el afecto

de un perro fiel y sagaz, casi no necesito explicarles la naturaleza

o la intensidad de gratificación que de allí se desprende. Hay algo

en el amor desinteresado y abnegado de un animal que llega

directamente al corazón de quien ha probado con frecuencia la

falsa amistad y la voluble fidelidad del


hombre.



Me casé tempranamente, y fui feliz de hallar en mi esposa

una disposición que no contrariaba la mía. Observando mi

debilidad hacia las mascotas domésticas, ella no perdió oportunidad

de procurármelas de las mejores especies. Tuvimos

pájaros, peces dorados, un perro fino, conejos, un mono pequeño

y



 
un gato.



Este último era un animal notablemente grande y hermoso,

totalmente negro, y de una sagacidad sorprendente. Hablando

de su inteligencia, mi esposa, que en el fondo era algo supersticiosa,

hizo frecuentes alusiones a una antigua noción popular

que consideraba a todos los gatos negros como brujas disfrazadas.

No quiero decir que lo creyera seriamente, lo menciono

solamente por la simple razón de que, justo ahora, lo recuerdo.



Plutón



–ése era el nombre del gato– era mi mascota favorita



y mi compañero de juegos. Yo solo lo alimentaba y él me seguía

a cualquier lugar al que yo fuese de la casa. Incluso me

resultaba difícil poder disuadirlo de que no me siguiese a través

de las calles.

Nuestra amistad duró, de este modo, varios años, durante

los cuales mi temperamento general y mi carácter –a través de la

intemperancia del demonio– hubo experimentado –me sonrojo

al confesarlo– una alteración radical hacia lo peor. Me hice, día

a día, más taciturno, más irritable, menos considerado de los








 


Los crímenes de la calle Morgue y otros cuentos 33





sentimientos de los otros. Me permití usar un lenguaje violento

hacia mi esposa. Finalmente, incluso le ofrecí violencia personal.

Mis mascotas, por supuesto, sintieron el cambio de mi disposición.

No sólo las descuidaba, sino que las maltrataba. Para



Plutón



, sin embargo, yo todavía conservaba consideración suficiente



como para reprimirme de maltratarlo, en tanto que no

tenía escrúpulos para maltratar a los conejos, al mono, o incluso

al perro, cuando, por accidente, o por afecto, se cruzaban en

mi camino. Pero mi enfermedad se agravó –porque ¡qué enfermedad

es el alcohol!– y finalmente incluso


Plutón, que ahora



estaba envejeciendo, y consecuentemente estaba algo malhumorado,

comenzó a experimentar los efectos de mi temperamento

enfermo.

Una noche, cuando regresaba a casa, de uno de mis rodeos

por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo

agarré; al temer mi violencia, infligió una delgada herida sobre

mi mano con sus dientes. La furia de un demonio instantáneamente

me poseyó. Ya no me conocí. Mi alma originaria, pareció,

enseguida, tomar vuelo de mi cuerpo; y una maldad más

que diabólica, nutrida de gin, hizo estremecer cada fibra de mi

estructura. Tomé del bolsillo de mi chaleco una navaja, la abrí,

apresé a la pobre bestia por la garganta, ¡y deliberadamente le

saqué uno de sus ojos de la cuenca! Me sonrojo, ardo, me estremezco,

mientras escribo esta atrocidad infame.

Cuando la razón regresó con la mañana –cuando el sueño

había disipado los vahos de la lujuria de la noche– experimenté

un sentimiento mitad de horror y mitad de remordimiento

por el crimen del cual había sido culpable; pero fue, en el mejor

caso, un sentimiento endeble y equívoco, y el alma permaneció

intacta. Otra vez me sumergí en el exceso, y pronto ahogué

en el vino toda memoria del hecho.
 

Mientras tanto el gato lentamente se recuperó. La cuenca del

ojo perdido presentaba, es cierto, una apariencia amedrentadora,

pero parecía no sufrir más ningún dolor. Iba por la casa usualmente,

pero, como era esperable, huía con extremo terror ante

mi proximidad. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera

de ser, como para sentirme agraviado por la antipatía evidente

por parte de la criatura que una vez me había amado. Pero este

sentimiento pronto dio lugar a la irritación. Y luego vino, como

para mi ruina final e irrevocable, el espíritu de la PERVERSIDAD.

La filosofía no toma en cuenta este espíritu. Pero estoy

tan seguro de que mi alma vive, como lo estoy de que la perversidad

es uno de los impulsos primitivos del corazón humano –

una de las facultades primarias indivisibles, o sentimientos, que

dan dirección al carácter del hombre–. ¿Quién no se ha encontrado

a sí mismo cometiendo una acción vil o necia, sin otra

razón que el saber que


no debería hacerla? ¿No tenemos una



inclinación perpetua, a despecho de nuestro mejor razonamiento,

de violar aquello que es


Ley, simplemente porque lo entendemos



como tal? Este espíritu de perversidad, como digo, trajo

mi ruina final. Fue este insondable anhelo del alma por


vejarse,



de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por el mal

mismo solamente, lo que me urgió a continuar y finalmente

consumar la injuria que había infligido a la inofensiva bestia.

Una mañana, a sangre fría, deslicé un lazo alrededor de su cuello

y lo colgué en la rama de un árbol; lo colgué con las lágrimas

brotando de mis ojos, y con el remordimiento más amargo en

mi corazón; lo colgué


porque sabía que me había amado, y porque



sentía que no me había dado razón de ofensa; lo colgué



porque



sabía que haciendo eso estaba cometiendo un pecado –



un pecado mortal que arriesgaría mi alma inmortal poniéndola,

si tal cosa fuera posible, incluso más allá del alcance de la infinita

misericordia del más misericordioso y terrible Dios.



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Los crímenes de la calle Morgue y otros cuentos 35



La noche del día en que este hecho cruel fue cometido, fui

despertado del sueño por el crepitar del fuego. Las cortinas de

mi cama estaban en llamas. Toda la casa estaba ardiendo. Fue

con gran dificultad que mi esposa, un sirviente y yo mismo

hicimos nuestro escape de la conflagración. La destrucción fue

completa. Toda mi fortuna mundana fue devorada, y me resigné

desde entonces a la desesperación. Estoy por encima de la

debilidad de buscar establecer una secuencia de causa y efecto

entre el desastre y la atrocidad. Pero estoy detallando una cadena

de hechos, y no deseo dejar incompleto ningún eslabón.

Al día siguiente del incendio, visité las ruinas. Las paredes, con

una sola excepción, se habían desmoronado. Esta excepción

era un bloque de pared, no muy grueso, que se erigía en la

mitad de la casa, y contra el cual había descansado la cabecera

de mi cama. El revoque allí había resistido, en gran medida, la

acción del fuego, hecho que atribuí a que recientemente había

sido extendido. Alrededor de esa pared una densa multitud

estaba reunida, y muchas personas parecían estar examinando

una porción particular de ella con atención minuciosa y vehemente.

Las palabras “extraño”, “singular” y otras expresiones

similares excitaron mi curiosidad. Me acerqué y vi, como si

estuviera grabado un bajorrelieve sobre la superficie blanca, la

figura de un


gato gigante. La impresión estaba dada con una



exactitud verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor

del cuello del animal.

Cuando en un principio contemplé esta aparición, porque

no podía considerarla otra cosa, mi sorpresa y mi terror fueron

extremos. Pero finalmente la reflexión vino en mi auxilio. El

gato, recordé, había sido colgado en el jardín adyacente a la

casa. Luego de la alarma de fuego, este jardín había sido inmediatamente

cubierto por la multitud, por alguien que debería

haber sacado al animal del árbol y haberlo tirado a través de



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36 Edgar Allan Poe



mi ventana abierta, dentro de mi cuarto. Probablemente esto se

había hecho con vistas a despertar mi sueño. La caída de las

otras paredes había comprimido a la víctima de mi crueldad

dentro de la sustancia del revoque recién extendido; cuya cal,

junto con las llamas y el amoníaco del cadáver, había efectuado

luego el retrato que acababa de ver.

Aunque de este modo prontamente rendí cuentas a mi razón,

no así a mi conciencia, porque el pasmoso hecho recién detallado

no dejó de hacer una profunda impresión en mi imaginación.

Por meses no pude desembarazarme del fantasma del gato;

y, durante este período, volvió a mi espíritu esa mitad de sentimiento

que parecía, pero no era, remordimiento. Incluso lamenté

la pérdida del animal y me busqué, en los rodeos viles que

ahora habitualmente daba, otra mascota de la misma especie, y

de apariencia un tanto similar, con la cual reemplazar su lugar.

Una noche cuando me senté, medio estupefacto, en una

guarida algo más que infame, mi atención fue súbitamente captada

por un objeto negro, reposando sobre la parte superior de

uno de los inmensos toneles de gin o de ron que constituían

los muebles principales del departamento. Yo había estado

mirando firmemente la cima de este tonel por algunos minutos,

y lo que ahora me causaba sorpresa era el hecho de no haber

percibido antes el objeto que había allí arriba. Me acerqué y lo

toqué con mi mano. Era un gato negro –uno muy grande–, tan

grande como


Plutón, e íntimamente semejante a él en todos los



aspectos menos en uno.


Plutón no tenía pelo blanco sobre



ninguna porción de su cuerpo; pero este gato tenía una gran,

aunque indefinida mancha de color blanco, cubriendo casi toda

la región del pecho.

Con mi contacto, él inmediatamente se levantó, ronroneó

sonoramente, se frotó contra mi mano, y pareció deleitado con

mi atención. Entonces, ésta era la criatura que había estado

 

Los crímenes de la calle Morgue y otros cuentos 37



buscando. Enseguida ofrecí comprárselo al dueño; pero esta

persona me contestó que ese gato no era suyo: no sabía nada

de él, ni nunca lo había visto antes.

Continué con mis caricias, y cuando me preparé para volver

a casa, el animal reveló disposición para acompañarme. Le permití

que así lo hiciera; ocasionalmente deteniéndome y

palmeándolo cuando avanzaba. Cuando llegamos a casa lo

domestiqué enseguida, y se convirtió inmediatamente en el gran

preferido de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí cierto desagrado hacia aquel animal.

Esto era justo lo contrario de lo que yo había anticipado;

pero –sin saber cómo ni por qué– su afecto evidente hacia mí

me disgustaba y me irritaba. Con lentos progresos, estos sentimientos

de disgusto e irritación se elevaron hasta la amargura

del odio. Evitaba a la criatura; cierto sentido de vergüenza y

remembranza de mi primer hecho de crueldad, me prevenía de

abusar físicamente de él. No lo golpeé por algunas semanas ni

usé otra clase de violencia con él; pero gradualmente –muy

gradualmente– llegué a mirarlo con una aversión inexpresable

y huir silenciosamente de su odiosa presencia, como de un

aliento de pestilencia.

Lo que acrecentó, sin duda, mi odio hacia la bestia, fue el

descubrimiento, la mañana posterior a que lo traje a casa, de

que, como


Plutón, también había sido privado de uno de sus



ojos. Esta circunstancia, sin embargo, sólo hizo que mi esposa

–quien como ya he dicho, poseía en un alto grado esos

sentimientos humanitarios que una vez había sido mi trato

distintivo, y la fuente de muchos de los placeres más puros y

simples– lo quisiese más.

Junto con mi aversión hacia el gato, sin embargo, su debilidad

hacia mí parecía crecer. Seguía mis pasos con una pertinacia

que sería difícil hacérsela comprender al lector. Dondequiera
 




 

 

que me sentara, él se agazapaba debajo de mi silla, o saltaba

sobre mis rodillas, cubriéndome con sus odiosas caricias. Si yo

me incorporaba para caminar, él se metía entre mis pies y, de

este modo, casi me tiraba, o fijando sus largas y arqueadas

uñas en mi ropa, escalaba, de este modo, hasta mi pecho. En

tales ocasiones, aunque deseaba destruirlo con un golpe, me

reprimía de hacerlo, en parte por la memoria de mi primer crimen,

pero principalmente –permítanme confesarlo enseguida–

por un


pavor absoluto hacia la bestia.



Este pavor no era exactamente pavor a la maldad física, aunque

debería estar perplejo al definirlo de otro modo. Estoy casi

avergonzado –sí, incluso en esta celda de criminal–, estoy casi

avergonzado de que el terror y el horror que el animal me inspiraba

se hayan avivado por una de las quimeras más puras

que se puedan concebir. Mi esposa me había llamado la atención,

más de una vez, sobre el carácter de la mancha de pelo

blanco, la cual, como he dicho, constituía la única diferencia

visible entre la extraña bestia y la que yo había destruido. El

lector recordará que esta mancha, aunque larga, había sido

originalmente muy indefinida; pero, a través de lentos progresos

–progresos casi imperceptibles, y por los cuales por un tiempo

prolongado mi razón luchó por rechazarla como ilusoria–

había, finalmente asumido una distinción rigurosa de su contorno.

Era la representación de un objeto que me estremezco al

nombrarlo –y por esto, por encima de todo, odié y temí, y me

hubiera desembarazado del monstruo,


si me hubiera atrevido–;



era ahora, como digo, la imagen de una cosa espantosa, de una

cosa horrible, ¡de la HORCA! ¡Oh, funesta y terrible máquina del

horror y del crimen, de la agonía y la muerte!

Y entonces yo era verdaderamente desventurado, más allá

de la desventura de la propia humanidad. ¡Pensar que una


bestia,



cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una



 



Los crímenes de la calle Morgue y otros cuentos 39



bestia



era capaz de producir tan insoportable angustia en un



hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Cuánta calamidad

intolerable! ¡Ay! ¡Ni un día ni una noche más conocí la

bendición del descanso! Durante el comienzo, la criatura no

me dejaba ni un momento solo; y, más tarde, salía yo a cada

hora de sueños de pavor inexpresable para encontrar el aliento

caliente de la cosa sobre mi cara, y su vasto peso –una encarnada

pesadilla que no tuve el poder de alejar– ¡inmerso

eternamente sobre


mi corazón!



Bajo la presión de tormentos como éstos, el débil vestigio

de bondad dentro de mí sucumbió. Pensamientos malvados

convirtieron a los míos más íntimos en los más oscuros y más

malvados de los pensamientos. La irritabilidad de mi

temperamento usual creció hasta ser odio hacia todas las cosas

y hacia toda la humanidad; mientras tanto, de las explosiones

súbitas, frecuentes e ingobernables de la furia a la cual ahora me

abandonaba ciegamente, mi esposa, que jamás protestaba, ¡ay!,

fue la más usual y paciente de las víctimas.

Un día ella me acompañó, en una diligencia de la casa, al

sótano del viejo edificio que nuestra pobreza nos obligaba a

habitar. El gato me siguió escaleras abajo, y a punto estuvo de

tirarme cabeza a abajo, por lo cual me exasperó hasta la locura.

Levantando mi hacha, y olvidando, en mi cólera, el pavor infantil

que hasta ahora había detenido mi mano, dirigí un golpe

hacia el animal que, por supuesto, hubiera resultado instantáneamente

fatal si hubiera descendido como yo lo deseaba. Pero

este golpe fue apresado por la mano de mi esposa. Incitado,

por la interferencia, dentro de un furor más que demoníaco,

retiré mi brazo de su puño y sepulté el hacha en su cerebro.

Ella cayó muerta al instante, sin un gemido.

Cumplido este horrible asesinato me entregué inmediatamente

a la tarea de ocultar el cuerpo. Sabía que no podría



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sacarlo de la casa, ni de día ni de noche, sin el riesgo de ser

observado por los vecinos. Muchos planes entraron en mi mente.

En un momento, pensé en cortar el cadáver en fragmentos diminutos,

y destruirlos con fuego. En otro, resolví cavar una

tumba en el piso del sótano. Otra vez, deliberé sobre tirarlo en

el pozo del patio, o empaquetarlo en una caja, como si fuera

mercancía, con los preparativos usuales, y así conseguir un

mandadero que se lo llevara de la casa. Finalmente, di con lo

que consideré sobradamente el mejor recurso de cualquiera de

éstos. Determiné emparedarlo en el sótano, tal como se dice

que los monjes emparedaban a sus víctimas.

Para un propósito como éste, el sótano estaba bien adaptado.

Sus paredes estaban construidas flojamente, y recientemente

habían sido revocadas en toda su extensión, con un revoque

mal acabado, que la humedad de la atmósfera había impedido

endurecer. Además, en una de las paredes había un saliente,

causado por una falsa chimenea que había sido rellenada, para

asemejarse al resto del sótano. No dudé que prontamente podría

remover los ladrillos en ese lugar, introducir el cadáver, y

emparedar todo como antes, de modo que ningún ojo pudiera

detectar nada sospechoso.

Y en este cálculo no me engañé. Por medio de una palanca

fácilmente disloqué los ladrillos, y, habiendo depositado cuidadosamente

el cuerpo contra la pared interior, lo sostuve en

esa posición, mientras que, con alguna dificultad, recolocaba

la estructura total como se extendía originalmente. Habiendo

obtenido argamasa, arena y fibras, con todas las precauciones

posibles, preparé un revoque que no podía distinguirse del

antiguo, y con él muy cuidadosamente cubrí el nuevo emplazamiento

de ladrillos. Cuando terminé, me sentí satisfecho de

que todo estuviera en orden. La pared no presentaba la más

leve apariencia de haber sido alterada. La basura del piso fue



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Los crímenes de la calle Morgue y otros cuentos 41



recogida con cuidado minucioso. Miré alrededor triunfalmente,

y me dije “Aquí, al menos, mi labor no ha sido en vano”.

Mi próximo paso fue buscar a la bestia que había sido la

causa de tanta desdicha; porque, finalmente, había resuelto

exponerla a la muerte. Si hubiera sido capaz de encontrarla, en

ese momento, no podría haber existido duda de su destino;

pero parecía que el ladino animal se había alarmado por la

violencia de mi cólera previa, y evitaba presentarse ante mi

humor actual. Es imposible describir, o imaginar, el profundo,

el dichoso sentimiento de alivio que la ausencia de la criatura

detestada ocasionó en mi pecho. No apareció durante la noche,

y, de este modo, por una noche al menos desde su llegada

a la casa, dormí profunda y tranquilamente; ¡ay,


dormí incluso



con la carga del asesinato sobre mi alma!

Pasó el segundo y el tercer día, y todavía mi atormentador

no vino. Otra vez respiré como un hombre libre. ¡El monstruo,

lleno de terror, había huido de las dependencias para siempre!

¡No debería contemplarlo más! ¡Mi felicidad era suprema! La

culpa de mi oscuro hecho me perturbaba, pero poco. Algunas

pocas averiguaciones se habían hecho, pero éstas habían sido

prontamente respondidas. Incluso se había instituido una pesquisa,

pero, por supuesto, no se había descubierto nada. Yo

estimaba mi felicidad futura como algo seguro.

El cuarto día después del asesinato, una brigada de policías

vino, inesperadamente, a la casa, y procedió otra vez a

hacer una inspección rigurosa de las dependencias. Seguro,

sin embargo, de la inescrutabilidad del lugar de mi escondite,

no sentí ninguna turbación. Los oficiales me ofrecieron acompañarlos

en su búsqueda. No dejaron escondrijo o rincón sin

explorar. Finalmente, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano.

No se me estremeció un músculo. Mi corazón latía calmadamente

como el de quien dormita en la inocencia. Recorrí el sótano de
 




 
 

 



una punta a la otra. Crucé mis brazos sobre el pecho, y vagué

sencillamente hacia adelante y hacia atrás. La policía estaba

enteramente satisfecha y se preparaba para partir. El gozo de

mi corazón era demasiado fuerte para reprimirse. Ardía por

decir una palabra, como forma de triunfo, y hacer doblemente

segura su certeza de mi inculpabilidad.

—Caballeros —dije finalmente cuando la brigada ascendía

los escalones—, me deleita haber apaciguado sus sospechas.

Les deseo salud y un poco más de cortesía. De paso, caballeros,

les aseguro que ésta, ésta es una casa muy bien construida.

(En el deseo rabioso por decir algo prontamente, apenas supe

que estaba revelando todo.) Puedo decir que es una casa


excelentemente



bien construida. Estas paredes –¿se están yendo, caballeros?–,

estas paredes están sólidamente ensambladas.

Y entonces, arrastrado por mi propia jactancia, golpeé pesadamente

con un bastón que sostenía en mi mano, sobre el lugar

exacto del emplazamiento de ladrillos detrás del cual se

erigía el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Pero pueda Dios resguardarme y librarme de las fauces del

archidemonio! ¡Tan pronto como el eco de mis golpes se hundió

en el silencio, una voz proveniente de la tumba me respondió!

Un llanto, al principio quebrado y sordo, como el sollozo

de un niño, y luego, rápidamente creciendo en un gran, sonoro

y continuo alarido, totalmente anómalo e inhumano –un aullido–,

un chillido de lamentación, mitad de horror y mitad de

triunfo, tal como si hubiera emanado del infierno, conjuntamente

de las gargantas de los condenados en su agonía y de

los demonios que se regocijan en la condena.

Hablar de mis pensamientos es una tontería. Desvaneciéndome,

me tambaleé hacia la pared opuesta. Por un instante, la

brigada permaneció paralizada por el terror, inmóvil sobre los

peldaños. Enseguida, una docena de brazos corpulentos esta


ajando en la pared. El cadáver, ya mayormente deteriorado



y con coágulos de sangre, se sostenía erecto ante los ojos

de los espectadores. Sobre su cabeza, con la boca roja extendida

y el solitario ojo de fuego, estaba sentada la horrible bestia

cuyo arte me había seducido para el asesinato, y cuya voz informe

me había entregado al verdugo. ¡Yo había emparedado

al monstruo dentro de la tumba!

 

pelicula la educación prohibida


miércoles, 6 de marzo de 2013

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ESTADOS DE ANIMO


A

veces me siento

como un águila en el aire



(de una canción de Pablo Milanés)


Unas veces me siento

como pobre colina

y otras como montaña

de cumbres repetidas

unas veces me siento

como un acantilado

y en otras como un cielo

azul pero lejano

a veces uno es

manantial entre rocas

y otras veces un árbol

con las últimas hojas

pero hoy me siento apenas

como laguna insomne

con un embarcadero

ya sin embarcaciones

una laguna verde

inmóvil y paciente

conforme con sus algas

sus musgos y sus peces

sereno en mi confianza

confiado en que una tarde

te acerques y te mires

te mires al mirarme